Mireia Pons

Creo que de un modo u otro mi trabajo siempre ha sido de alguna forma una intervención en la propia vida. Me interesa la cotidianidad, las cosas que hacemos cada sin saber por qué, me gusta pararme a pensar por qué volvemos cada día a casa por la misma calle y no por la paralela, o por qué se plantan flores en las rotondas pero no en los parques, o por qué las sillas de la universidad tienen una mesa individual. Supongo que por este motivo, decidí investigar sobre una de las cosas que hacemos más veces al día; comer.

Empecé la búsqueda preguntando, como era lógico, a las personas que conozco que mejor cocinan: mis abuelas. Y de ahí se abrió un campo de sabiduría ilimitado en el que me di cuenta de que cada decisión diaria, por pequeña que sea, esconde todo un entramado político que no es más que un reflejo de la contemporaneidad.

No tenemos tiempo, y por eso el capital se ha adaptado a nosotros y nos ofrece sus magníficos inventos innovadores. Al arroz le han quitado minutos, pasando de cocerse en trece a poderse hacer en tres, a la sandía la han castrado, quitándole las pepitas y dejándola sin su potencial reproductivo,y a la piña la han descuartizado, considerando que era demasiado difícil de cortar.

De alguna forma al destapar esta dictadura de la facilidad, de alguna manera me sentí insultada,¿quién no se sentiria así cuando nos están diciendo que no somos capaces de cortar un champiñón y por eso es necesario venderlo laminado y en bandeja?

De esta rabia interna surgió el deseo de aprender. Aprender para emanciparnos del mercado. Somos la generación que más libre se cree y a su vez, la menos autosuficiente.